Sanar, una batalla de poder

Actualizado: abr 16

Hace un año exactamente sufrí una de las peores batallas emocionales de mi vida. El dolor, la ira y la rabia estaban al orden del día. Por fuera todos veían a una Silvi que seguía sin importar qué; pero por dentro lo cierto era que mi corazón no podía estar más roto, mi mente no paraba de pensar, de cuestionarse, de analizar; y mi instinto de periodista, más presente que nunca, lejos de darme tranquilidad, me perturbaba más. Me vi envuelta en dramas, opiniones, cuestionamientos injustos y un sentimiento de culpa que me quitaba el sueño.


Lo cierto es que la vida te pone ante las situaciones justas que necesitas atravesar para crecer como persona (cosa que no ves de inmediato) y a mí me puso ante una situación que me hizo cuestionarme cómo estaba manejando mi vida hasta ese momento. Me di cuenta que básicamente creía que vivía en una teleserie mexicana y tenía un concepto del amor bastante errado, pero muy común en estos días. El famoso “Amor Millennial”, en donde el drama y la desdicha eran parte de “una relación”. Todo lo que me rodeaba y lo que yo irradiaba era toxicidad pura. Y yo no me daba cuenta.


Yo me sentía en un hoyo del que jamás iba a poder salir y justo ahí, las palabras perfectas del ser humano más maravilloso que conozco, aparecieron. Y comencé un proceso de sanación que no les voy a mentir, ha sido largo y muy doloroso.


Partí por entender que mi estabilidad emocional era muy frágil y mi amor propio escaso, muy escaso. En mi vida había estado siguiendo los patrones que nos imponen desde muy chicos: naces, estudias, creces, te gradúas, te casas, toleras todo lo que pase en el matrimonio porque “es parte de” y sigues tu camino porque es “hasta que la muerte los separe”. Hacia adentro habían muchas carencias, pero hacia afuera todo era mágico, bello y perfecto. Típico de las publicaciones de redes sociales.


Yo rompí con ese patrón y digamos que no era el estilo de vida que sentía que quería tener el resto de mis días. Y aguanté que se me acusara de cualquier cosa, siendo ese momento cuando más vulnerable estuve. En la nada. En un limbo total que me llevó a tomar decisiones improvisadas todos los días durante los siguientes 7 meses al menos, periodo en el cual acepté que otra persona me hiciera creer que no valía ni era suficiente para nadie más que no fuera él, que “Nunca lo iba a poder olvidar ni superar”, que era problemática, estaba gorda, me creaba “los mansos ataos en mi cabeza”, estaba loca y “debía agradecer que él me soportaba”. Y yo no hacía más que creer que eso era así, no objetaba nada de lo que decía y aceptaba todo lo que él opinaba sin chistar. Muy en el fondo creía que quizás estaba pagando una especie de karma y que “me lo merecía”.


Pero luego pasa algo que te saca la venda de los ojos. Y todo se pone más turbio, más oscuro. Y en ese escenario, cuando comienzas a ver tu salud mental perjudicada, pides ayuda profesional y te hacen caer en cuenta de que fuiste la carnada perfecta para el narcisismo, egoísmo y el gaslighting. Y eso creo que fue lo más duro de todo. Ahí es cuando comienza la verdadera batalla. Toca entenderlo, asumirlo, saber que estás repitiendo conductas sociales normalizadas e impuestas por el sistema y que le estás bajando el perfil a un problema grande por “evitar que se generen matrices de opiniones”.


“Un día a la vez”, fue mi premisa por un año. 365 días en el que enfoqué mi atención en sacarle el mayor provecho a la situación, aprender de ella, sentir el dolor a viva piel para corroborar cómo jamás quería volverme a sentir, valorarme como persona y fortalecer los lazos conmigo misma; dejé de preguntarme el “por qué me está pasando esto” y pasé a preguntarme: “Qué me quiere enseñar esto”. Una real y dura batalla en solitario que me sirvió para conectar con otras cosas, con mi propósito y aventurarme a finalmente vivir de la manera en que quiero vivir, de transmitirle las palabras correctas a quienes pueden estar atravesando una situación similar y soltar todo aquello que no me hiciera bien.


Hoy en día, un año después, puedo finalmente dar fe de que estoy bien. Estoy tranquila. Más conectada y más en mi camino que nunca. Con la certeza de cuáles son las actitudes que estoy dispuesta a tolerar y cuáles no; a quiénes quiero tener en mi vida y a quiénes no. Disfruto MÁS de las cosas simples de la vida, disfruto de mi tiempo de soledad y soy más yo, más auténtica de lo que jamás he sido. Entendí que todo pasa por algo y que nada es eterno: ni el dolor, ni la tristeza. Nada.


Hoy por hoy, si bien no me siento aún al 100% para iniciar una relación con alguien, no me cierro a la posibilidad de conocer a alguien... Sin embargo, dejo que la vida siga su curso y me vaya guiando y que pase sólo lo que tenga que pasar. Me guste o no. “Amor Fati”.


Hoy por hoy, estoy segura de que sea quien sea que se atraviese en mi vida, y cuáles sean sus intenciones, podré descifrarlas. También sé que no tengo apegos emocionales a nada: personas, lugares ni cosas y esa es mi principal ganancia de todo esto: al fin saber que puedo ser feliz conmigo, que no necesito a nadie para eso, pero que quiero compartir esa felicidad con la persona que quiero, con los míos y con ustedes, que me leen y me apoyan.


El mensaje es el mismo que les publiqué en mi Instagram Stories anoche: quiéranse, valórense, aprendan de todo lo que les pase, no acepten que nadie los defina, no se estigmaticen tampoco, lloren lo que tengan que llorar, pero continúen... No se queden pegados, no guarden rencores, no odien, no nada. Difundan bondad y buena vibra. Y, lógicamente, si necesitan ayuda profesional, no duden en pedirla.


Esta es mi historia. Muy pero muy resumida. Les pido que se queden con lo bueno de ella. Así como lo he hecho yo. Con el mensaje central. Que no intenten buscar nombres, ni culpables. No vale la pena enfrascarse en eso. Ya lo qué pasó, pasó. Es una herida que, escribiendo esto, siento que cicatrizó al 100% y no puedo con la felicidad de finalmente decir: ¡CTM! Al fin pasó...


Espero les haya servido leer tanto como a mí me sirvió redactarlo. Beso enorme y mucho ánimo. Sea lo que sea que estés pasando, no estás solo.

Silvi.